jueves, 20 de junio de 2013

Resurgiendo de mis cenizas

Capítulo 7


Es ahora, en este momento, cuando por fin me reconozco, cuando me doy cuenta de la persona que soy en realidad.
Después de muchos años de estar perdida, siendo alguien que estaba segura de no ser quién era, por fin he despertado de un lago letargo del que yo misma no me atrevía a salir.
Me pregunté en muchas ocasiones porqué no era capaz de tirar aquella máscara que mucho tiempo atrás me había colocado. Y ahora, que por fin se quién soy, puedo contestar a aquella incesante pregunta que bailaba salsa en mi cabeza, "MIEDO". Sí, sentía miedo al rechazo, a la posibilidad de quedarme sola si me dejaba ver, y a la incomprensión de los demás... Craso error. Ese miedo, realmente, no me mantuvo a salvo. Por el contrario, me infligieron más. 
Ese miedo me bloqueaba, no me permitía defenderme y me convertí en la diana de muchos ataques gratuitos ya que, observando desde la distancia, aún sabiendo de mi fortaleza, aparentaba debilidad.
¿Y que fue lo que me hizo cambiar..., os preguntareis? El agotamiento, simple y llanamente, el agotamiento. Sí, estaba cansada de obedecer sin más, cansada de no ser escuchada, de que no se me tuviera en cuenta, de que me atacaran por que sí, de que nunca se me creyera... Y llegó un punto en el que mi mente se puso en off. No se cuanto tiempo paso pero cuando algo apretó el on, supe de inmediato que algo en mi había cambiado. Me sentía bien, aunque dolida por todo lo que había estado viviendo hasta entonces, me sentía segura, me sentía realmente VIVA.
Fue en ese punto cuando por fin me encontré, cuando perdí el miedo a la soledad ya que entendí que no estaría sola mientras me hiciera valorar, mientras me importara un pimiento lo que pensaran o dijeran los demás, mientras me mostrara tal y como era (que en esta sociedad de clones, sería algo así como una lunática, diferente, fuera de los patrones establecidos).
De esta manera aprendía que mantendría a los verdaderos amigos cerca, y los enemigo ya no se acercarían por miedo a una posible represalia (valiente con los débiles, cobardes con los fuertes).
Y por fin soy realmente yo. Me ha costado más de 30 años descubrirme, pero dicen que nunca es tarde si la dicha es buena.
Cuando alguien piense que no puede más, puedo asegurar que siempre se puede.

Resurgiendo de mis ceniza



Capítulo 6

No estás, no te veo, no te siento, te has ido y las lágrimas se amontonan en mis ojos, pero no quiero dejarlas salir, no quiero sentirme débil.
Durante mucho tiempo creía y sentía que no sentía, que daba igual se te tenía a mi lado o si desaparecías. Estaba segura que tus actos habían congelado mi corazón, tu menosprecio, tu indiferencia durante años.
Intentaste hacerme ver que todo cambiaría y lo hiciste, pero yo ya no sentía, estaba vacía, sentía la indiferencia que tu me habías mostrado, y comenzaba a sentir miedo. ¿Volvería, algún día, a notar como mi corazón se aceleraba solo por tenerte cerca? ?Sentiría de nuevo aquel hormigueo entre las piernas solo con que me rozaras? No, estaba convencida de que no. 
Y ahora no estás. Y días a día me voy dando cuenta que te necesito, que te ansío, que te quiero.
Pensé que no volvería a sentir y fue con tu marcha cuando mis sentimiento explotaron, cuando ansié vivir aquellos momentos que no vivimos, que perdimos por mi ceguera, mi encierro... mi maldita estupidez. ¡Idiota, idiota, idiota! No logro encontrar otro adjetivo para mi.
Ahora solo pienso en el momento en que volvamos a estar juntos y entonces echaré a bajo esos muros que día a día fui levantando para dejar de sentir dolor, y que al mismo tiempo no me dejaba ver todo el amor que me dabas, la protección que querías que sintiera. Reconociendo tus errores e intentando poner remedio. Uno que te exigía y no admitía.

viernes, 27 de abril de 2012


El árbol de las mariposas



            Todas las mañanas de verano, cuando el sol hacía horas que se había despertado, dejando que la plateada luna descansara después de una noche de duro trabajo, Marta y su hermano pequeño, Carlos, hacían siempre lo mismo durante sus vacaciones de verano.
            Su madre los despertaba dulcemente entre infinitos y tiernos besos, e insoportables cosquillas de hormiguitas, como ella las llamaba. De esa manera conseguía una sonrisa de sus labios, incluso antes de que sus ojos se abrieran aún con el sueño dibujado en ellos. Y les preparaba un suculento desayuno veraniego mientras ellos se vestían.
            Después de desayunar y dar un fuerte y sonoro beso a su madre, salían corriendo para ir a jugar al bosque que estaba dentro de la parcela de sus padres, y donde ellos tenían una pequeña cabaña de madera que habían construido con ayuda de su padre.

            Al llegar aquella mañana a la cabaña pintada de colores, y abrir la pequeña puerta de madera verde, vieron dentro, sobre la caja de cartón que hacían servir mesa en sus juego, o para meter dentro las cosas que se iban encontrando en sus aventuras por los lugares del bosque a los que sus padres les dejaban ir, una increíble mariposa de enormes alas, dibujadas con preciosos colores naranjas y rojos, y una estrella en cada una de ellas, que los miraba como si supiera quienes eran ellos y los estuviera esperando.
            Fue entonces cuando la mariposa se posó sobre sus dos patas traseras, imitando la postura de los niños. Los dos niños la miraron atentamente y luego se miraron el uno al otro, extrañados.
-         No puede ser- dijeron al mismo tiempo.
-         No puede ser, ¿el qué?- preguntó la mariposa con una fuerte vos, imposible para una criatura tan pequeña y delicada, y aún más si pensaban que era un animal.
Volvieron a mirar a la pequeña mariposa de enormes alas, con los ojos abiertos como platos y la boca haciéndoles juego.
-         ¡¿Puedes hablar?!- gritaron, sorprendidos por lo que acababan de escuchar, después de salir del estado de atontamiento que les había causado oír hablar a aquella mariposa.
-         Claro, igual que vosotros- les contestó la mariposa, extrañada por la reacción que habían tenido.
-         Pero nosotros somos niños y tu una mariposa. Los animales no hablan- dijo Marta con contundencia.
-         ¿Por qué no?- preguntó la mariposa, sin mover una sola de sus antenas.
-         ¡Por qué no!- exclamó Marta con los brazos en jarra, molesta por una pregunta sobre algo que para ella estaba tan claro- ¿Por qué me miras así, Carlos?
-         Acabas de hablar como mamá- le dijo su hermano, algo divertido.
-         ¡No, no lo he hecho!- exclamó Marta.
-         Sí, sí lo has hecho- replicó Carlos.
Y comenzaron con una de sus eternas peleas de “sí o no”, a las cuales sus padres se habían habituado y a la que no prestaban atención, ya que al cabo de un rato se olvidaban del motivo por el que habían empezado y paraban sin más.
Para ellos era algo normal, pero para una mariposa no lo era, e intentó pararlos.
-         Perdonar pero…- intentó interrumpir la mariposa.
-         ¡No!
-         ¡Sí!
Seguían los niños inmersos en su pelea.
Después de su pacífico intento porque parasen y no conseguirlo, lo intentó de otra manera más… sonora. No podía estar mocho tiempo de aquella manera.
-         ¡PERDONAAAAAAAAAD!- gritó la mariposa.
La pequeña cabaña quedó en silencio después de aquel estruendoso y sorprendente grito, salido de una diminuta garganta. Mientras, los hermanos se miraban el uno al otro y después miraron a la pequeña mariposa sin llegar a creérselo, hasta que explotaron en carcajadas.
-         ¿Siempre sois así?- preguntó la mariposa, volviendo a aquella voz delicada y dulce. Desconcertada por las risas contagiosas de los niños. Mirándolos mientras ellos caían al suelo por la risa.
-         La verdad en que sí- le contestó Marta con gran esfuerzo, pues le era casi imposible aguantar la risa-. Y tú, ¿siempre has hablado?
-         Sí, aunque tu pregunta es algo rara- le dijo la frágil mariposa, mientras salía volando hasta colocarse sobre una estantería para poder mirar a los niños sin tener que levantar la cabeza.
-         ¿Por qué?- le preguntaron ambos hermanos al mismo tiempo.
-         Todos los animales podemos hablar, la cuestión es que los humanos no sabéis entendernos. No, no queréis entendernos por que creéis que no sabemos pensar, y os equivocáis.
-         ¿Y por qué nosotros podemos?- preguntó Carlos, acercándose a ella para intentar ver como movía su boca cuando hablara, pero no pudo.
-         No lo se, supongo que porque sois niños. A mi solo me han dicho que venga a buscaros y os lleve ante la reina. Y un soldado siempre hace lo que le ordenan, cueste lo que cueste.
-         ¡Estás bromeando!- dijo Carlos, impresionado por lo que había dicho sin haber visto como.
-         No, por supuesto que no. Mi misión es muy importante. Vosotros sois muy importantes- dijo la mariposa algo molesta por la incredulidad del niño-. Nuestro reino está en peligro y necesitamos a un humano que nos ayude. Para eso debe entendernos, y por lo visto sois vosotros. Aunque no creo que unos niños pueden hacer nada, pero una orden es una orden.
-         Está bien. ¿Dónde tenemos que ir?- preguntó Marta, encantada, sin importarle que la mariposa no creyera en ellos.
-         No, Marta. No podemos ir con ella- le reprochó Carlos, mientras se alejaba de la estantería para acercarse a su hermana y empezar otra pelea, pero algo lo dejó desconcertado.
-         Él, si no te importa. Porque, que sea una mariposa no quiere decir que sea una chica- le reprochó la mariposa mientras volvía a volar, esta vez para posarse en el marco de la pequeña ventana.
-         Vale, pues no podemos ir con él- repitió Carlos sin tener en cuenta el reproche.
-         Tu y tus miedos. Pues yo pienso ir. Si tú no quieres, quédate aquí. Pero no le digas nada a mamá.
-         Está bien, pues si ya lo tenéis claro, vamos. No podemos perder más tiempo- apremió la mariposa mientras volaba hacia la puerta.
Marta había salido de la cabaña siguiendo a la mariposa, cuando desde dentro de esta, escuchó como su hermano maldecía una y otra vez, peleándose él mismo, solo por no saber si debía o no ir con ellos.
-         No se a que estás esperando. Te estás muriendo de ganas por venir- le gritó Marta. Conocía a su hermano y sabía muy bien que solo tenía que pincharlo un poco para que saliera de la cabaña y los siguiera-. No te preocupes, antes de la hora de comer estaremos en casa, como siempre. Esta podría ser la mejor de nuestras aventuras. Imagina cuando volvamos al cole. Será la mejor historia de todas.
-         Vale. Pero si no volvemos a la hora de siempre sabes que mamá vendrá a buscarnos y si no nos encuentra aquí se pondrá muy nerviosa, tanto que cuando entramos por la puerta no volveremos a salir en todo el verano, y aún queda mucho- salió de la cabaña enfurruñado pero deprisa, hasta ponerse al lado de Marta. Por mucho que quisiera esconderlo, la idea de una aventura como esa lo entusiasmaba. Era mucho más atrayente que el miedo a un castigo.
Caminaron durante un rato, adentrándose cada vez más en el bosque por donde aún no habían ido nunca, siguiendo a la mariposa que zigzagueaba entra los grandes árboles, tan rápido que tuvieron que correr tan deprisa como pudieron para no perderla.
Al llegar a su destino, los niños quedaron totalmente enmudecidos. Delante de ellos había un gigantesco árbol de increíbles hojas de mil colores, que al mecerse, los rayos del sol las hacía brillar como si estuvieran pintadas con polvo de hadas. Pero al mirar más atentamente descubrieron que no eran hojas, si no miles de mariposas que al mover lentamente sus alas conseguían aquel espectáculo.
-         ¿Ves lo mismo que yo?- preguntó Marta a Carlos con la boca abierta.
-         Creo que sí- le contestó Carlos, muy sorprendido.
Ninguno de los hermanos se había imaginado nunca encontrar algo así, solo por seguir a una mariposa que les había hablado. Si aquello era un sueño, ellos no querían despertarse.
-         No os quedéis ahí parados. La reina nos está esperando- dijo la mariposa mientras se perdía por un agujero del árbol.
Y fue allí, en el agujero más grande que había en el tronco del árbol, donde los niños, al acercarse muy despacio, pudieron ver a una hermosa mariposa. Era la que tenía las alas más grandes y bonitas, y llevaba una diminuta corona dorada.
-     ¿Supongo que debe ser la reina?- preguntó Marta a aquella mariposa.
      -     Así es, pequeña Marta- contestó la hermosa mariposa reina.
      -     ¿Cómo sabe mi nombre?- le preguntó Marta, extrañada.
      -   Este es mi bosque y es mi obligación saber que ocurre en él y quién entra, y                                                                                               sale. Debo protegerlo.
      -   ¿Y que quiere de nosotros?- preguntó Carlos emocionado por todo lo que estaba viendo. Aquellas mariposas que volaban.
-    Pequeño, necesitamos que impidáis que corten nuestro árbol y los que lo rodean. Es nuestro hogar y sin él moriríamos.
-    ¿Y quién quiere hacer eso?- le preguntó Marta.
-    El dueño de estas tierras- contestó la reina.
-    ¡PAPÁ!- gritaron los hermanos.
-   Carlos, tenemos que hacer algo. Papá no puede cortar el árbol- dijo Marta afectada por lo que había escuchado.
-    Conoces a papá. No nos hará caso. Le hemos explicado muchas historias y ya no nos cree.
-   Debemos intentarlo. No podemos dejar que lo haga. Morirían todas la mariposas.- Marta lo miró como ella sabía para convencerlo, y lo consiguió.
-    Está bien, lo intentaremos. Pero no podemos prometer nada majestad.
            Sin pensárselo dos veces, los niños salieron corriendo hacia donde, desde lejos, escuchaban el sonido de unas máquinas. Sabían que allí estaría su padre trabajando.
            No les costó encontrar las enormes y destructivas máquinas que, por suerte, aún no habían comenzado a trabajar aunque sí a contaminar. Rápido, pasaron entre ellas hasta que encontraron a su padre, con un casco amarillo en la cabeza y un enorme papel en las manos.
            Cuando llegaron donde se encontraba su padre, comenzaron a hablarle al mismo tiempo, casi sin aire por haber corrido y estar nervioso, cosa que hizo a su padre casi imposible entenderlos.
            Su padre estaba acostumbrado a los juegos de sus hijos y solía hacerle gracia la facilidad que tenían los dos para crear historias y, casi, conseguir que se las creyera.
-         ¡Parad!- Esa sencilla palabra pronunciada por su padre hizo que enmudecieran-. Bien, y ahora con calma, ¿podéis decirme que hacéis aquí? Sabéis que no debéis salir del límite marcado. Puede ser peligroso. Os he explicado muchas veces como lo pasé cuando me perdí con vuestra edad, aunque…
-         ¡¡No puede hacerlo!!- gritaron los niños, interrumpiendo a su padre.
-         ¿Hacer el qué?- les preguntó su padre, desconcertado por como lo miraban sus hijos. Había miedo e sus ojos.
-         No puedes cortas los árboles. Si lo haces, la matarás- dijo Marta, nerviosa.
-         ¿Qué mataré?- Su padre comenzaba a entender que era otra de sus historias.
-         A las mariposas- contestó Carlos.
-         Ja ja ja- se rió su padre-. No digáis tonterías. No mataré a ninguna mariposa ya que no hay en nuestro bosque.
-         Si que hay, y podemos enseñártelo. Solo tienes que venir con nosotros.- Cada niño cogió a su padre de una mano y comenzaron a tirar de él, pero no consiguieron moverlo.
-         ¡Vasta, niños! No pienso moverme de aquí, y no pienso dejar este proyecto por vuestras fantasías. Se que os encanta inventar historias, pero no podéis meteros en mi trabajo.
-         Te lo dije, Marta. Sabía que no nos haría caso- dijo Carlos, decepcionado, mientras soltaba la mano de su padre, agachando la cabeza y dejaba caer sus hombros.
-         ¡No digas eso!- Marta miró a su padre, apenada pero sin intención de rendirse-. Solo por esta vez, acompáñanos. Si es una invención nuestra castíganos, pero si es cierto, prométenos que no cortarás los árboles.
La sinceridad de la mirada de Marta hizo que su padre la creyera y sin entender muy bien porque, y con un movimiento afirmativo con la cabeza, decidió seguirlos. Las caras de los niños se iluminaron, dibujándoseles una enorme sonrisa y llegándoles a brillar sus ojos almendrados.
Rápidamente comenzaron la carrera hacia el árbol.
El padre, aún incrédulo a las palabras de sus hijos, los siguió sin detenerse hasta llegar a un enorme árbol del centro del bosque, de tantos colores que no podía contar. Fue cuando se paró, impresionado por lo que estaba viendo y sin llegar a entender como sus hojas podían ser de aquellos colores.
-         Ven papá, la reina nos está esperando- dijo Marta, alargando la mano hacia su padre.
-         ¿Qué reina?- preguntó su padre, sin poder apartar la mirada de las mariposas que había descubierto al mirar más atentamente lo que creía eran hojas.
-         La de las mariposas, quién si no. Haces unas preguntas tan raras.
El padre no podía creerse lo que estaba viendo. Un árbol cargado de mariposas que movían sus alas lentamente produciendo el efecto del agua mecida por el aire. Y algo así estaba en su casa sin que él lo supiera.
-         Muchas gracias, niños. Gracias por traer a vuestro padre. Pero, ¿habéis conseguido que no tale los árboles?- preguntó la reina de las mariposas.
-          Papá, la reina quiere saber si cortarás los árboles o no- dijo Carlos con mirada suplicante.
-         ¿Entendéis a las mariposas?- Sorprendido, no solo por lo que veía, si no también por lo que escuchaba, por lo que sentía.
Fue entonces, con aquel sentimiento que le hacía sentir aquel lugar, que recordó el día que se perdió. Sintió mucho miedo hasta que llegó a un lugar parecido a aquel y los animales, que no conseguía recordar, le ayudaron a volver a su casa. Ahora que era adulto lo recordaba como su hubiera sido un sueño de niño. Pero ahora que estaba allí, sabía que no había sido un sueño.
-         Cosas de niños- dijo Carlos sonriéndoles mientras se encogía de hombros.
-         Os prometí que si lo que explicabais era cierto, lo haría, y por lo que puedo ver, no me habéis mentido, gracias. ¡Dios mío, es impresionante!- exclamó su padre, levantando la mirada hacia lo más alto de aquel mágico árbol.
-         ¿Eso quiere decir que no cortarás los árboles?- preguntó Marta, esperando.
-         Las promesas no están hechas para romperlas. Sí, los árboles seguirán donde están.
Los gritos de alegría de los niños se hicieron sonar por todo el bosque, mientras agarraban a su padre de las manos y comenzaban a girar en un baile de felicidad.
Las mariposas, que tanto miedo habían tenido por perder su hogar, por desaparecer de aquel bosque, su bosque, se unieron a aquel baile, envolviéndolos a los tres en un remolino de colores y brillos.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Resurgiendo de mis cenizas

Capítulo 5


     No se si es algo normal que el pensamiento de desaparecer de la vida terrenal, dejar de existir en cuerpo ( no se si en alma también) desde que soy realmente consciente de mis pensamientos, que más o menos llegaron con el inicio de la adolescencia (dichosa edad del pavo, que nos obliga a tener altibajos y nos hace creedores de la sabiduría absoluta), unos pensamientos que posiblemente todos hayamos tenido y pocos tengamos el verdadero valor de reconocer.
    En que lugar me coloca seguir teniendo, por suerte en menor cantidad, esos pensamientos. Nadie puede negarme, si se piensa lentamente, que una fabulosa posición. ¿Por qué? Fácil, porque sigo teniéndolos y no los he llevado a cabo. Aunque ese oscuro pensamiento llega a mi mente, no solo se apodera de ella, se apodera de todo lo que soy incluyendo la parte física, pues mi cuerpo queda agotado, el pecho vive en una opresión constante queriendo estallar en cualquier momento, teniendo que ocultar mi mirada tras los cristales oscuros de unas gafas de sol por miedo a que alguien pueda darse cuenta del lago de lágrimas que en ellos se almacenan, desbordándose en aquel momento en el que el pecho no soporta más la presión y uno de sus mejores puntos de fuga son aquellas ventanas que nos dejan ver aquello que no nos gusta, una vida que me asfixia por no saber de que manera conseguir aquello que anhelo, adaptada a algo a lo que me agarré por salir de un estado de soledad e indefensión constante, creyendo que por fin sería acunada, protegida y no todo lo contrario, incrementándose mi soledad y dos batallas abiertas 24 de 24 horas, la interna y la externa.

    Los pensamientos oscuros iniciados hace ya tantos años que prefiero no recordar. Momentos horribles de mi vida en los que necesitaba a aquella parte de mi que me faltaba para estar completa, para notar que solo con la mirada de esa persona mi alma se siente arropada de cualquier tormenta que pueda aparecer.
    Creí por un momento que la había encontrado, pero cuando uno sube muy alto creyendo que la persona que la sujeta es la mitad que le faltaba y te das cuenta que no es así por sus actos, por sus palabras, la leche que te das al caer es de tal magnitud que sientes que ahí debe acabar todo, que nada vale la pena, que una se arta que en su vida el sol brille por su ausencia y que más da lo que crean los demás si cuando comiencen a opinar ya no estaré aquí.
    Pero siempre dicen que una moneda tiene dos caras (como muchas personas) y cuando mi moneda caía siempre por la cara oscura, la mala, la oxidada o como quiera llamársela, es porque no tenía opción para la otra. Y solo en aquel preciso instante en que retumbé contra el suelo después de una larga caída y sentí como me rompía en mil pedazos vi algo, vi un leve chispazo, un ligero reflejo, algo que se parecía a ... luz.
    Algo en mi que dormitaba se despertó, aquel horrible golpe logró que entendiera que da igual el resto del mundo, que ellos no podían decirme quien y como era, que no debía acobardarme por desear imposibles, pues solo era imposible si no lo intentaba, que no debía vivir esperando esa parte de mi que me faltaba, pues entonces no podría vivir jamás. Entendí que yo soy yo le pese a quien le pese, o como siento, le joda a quien le joda. Hay que ser correcta, sí, pero no a costa de desplazar lo que siento por lo que sienten los demás, por miedo que me rechacen, ya que si me rechazan no pierdo yo sino ellos la posibilidad de conocerme de verdad y no aquello que aparento (las apariencias son asquerosas para los buenos y los malos).

    En este momento y tras una batalla colosal, por fin empiezo a ser quien quiero ser y no quien debo solo por recoger migajas de cariño y protección. No quiero decir con esto que no sienta de vez en cuando esos pensamientos oscuros, el deseo de dejar de sentir, pero ahora he descubierto como pelear contra ellos, con mucha cabezonería, por demostrar a todos aquellos que me juzgaron mal, débil, que podían hacerme o decirme todo aquello que se les antojara,  aquel momento había acabado y una guerrera se había despertado.
    Es fácil rendirse a lo malo y costoso pelear por lo bueno, pero hay que dejar por unos segundos la mente en blanco, respirar profundamente y pensar: "No hay nada que nos llene de una luz más cálida y protectora que aquella que nos muestra el camino mientras luchamos por llegar allí donde queremos y siempre que estemos dispuestos a ver"

jueves, 22 de septiembre de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capítulo 4

   ¿Por qué? ¿Por qué no soy capaz de creer realmente en mí? ¿Por qué siento la obligación de demostrar a los demás que soy increíblemente feliz cuando me estoy rompiendo por dentro?
     Me siento agotada de demostrar a los demás lo que no siento en realidad, ya que realmente ni yo misma se que me pasa, y estoy arta de esos clichés sobre mi espalda. "Eres mujer", "es normal ser dévil", "tus hormonas estás revolucionadas", "son normales los cambios de humor en la mujer".
¡¡¡NOOOOOOO!!!
     Me niego, me niego a reconocer esos clichés sobre mí. Sí, soy mujer. Sí, mis hormonas me cambian el humor (solo un par de días, no todo el mes), pero por el hecho de ser mujer no tengo problema. No, me siento sola, por mucha gente que haya a mi alrededor. Me niego a que la gente sienta pena por mi por el hecho que caiga una lágrima por mi mejilla. ¿A caso saben a que son debidas? No realmente no les interesa. A la mayoría solo les interesa acayar su conciencia y con una palmadita en la espalda lo tienen solucionado.
     Las lágrimas que años atrás caían a raudales, ahora no dejo que se escapen, no quiero compasión. ¿Estaré haciendo bien?
     Desde que tomé esa actitud, creyendo que de esa manera me haría más fuerte, que dejaría de dolerme lo que otros me hacían, lo único que he conseguido es volverme más fría y perderme más de lo que estaba antes. Siento que mi corazón no late como lo hacía antes, ya que por muy maltrecho que estubiera, siempre había calor en él. Nada me importa aunque los demás no lo vean (no les dejo), y eso me entristece más. Me siento metida en un pozo que yo misma escarbo por no saber que hacer.
     Han pasado los siglos y el lugar que ahora ocupamos las mujeres como yo ha cambiado siendo iguales a los hombre. ¿Realmente alguien cree eso? Yo no, porque peleamos y peleamos creyendo conseguir sin conseguir nada. Trabajamos sin descanso fuera y dentro de casa para demostrar que somo iguales a ellos cuando lo que hacemos es trabajar el doble. ¿Por qué excavamos ese pozo del que no sabemos salir? No, no somos ni seremos com ellos ¿Realmente queremos?
     Se acabó, después de muchos años, poco a poco y herida tras herida he comprendido que no soy ni quiero ser como ellos. No me cuelga nada entre las piernas. Y por ello, no tengo la obligación de demostrar, a ellos ni a nadie, quien soy. Pero no por ello soy inferior ya que no es un pene o una vagina lo que somos o quienes somos. Es nuestra alma, nuestro corazón y lo capaces que somos como personas individuales o en grupo (la parte más díficil). Es el no juzgar sin más lo que nos validará como personas. Sí, soy mujer. Sí, necesito llorar y gritar a pulmon sin que por ellos de pena. Sí, necesito volver a sentir, necesito salir del maldito pozo que a ningún lugar me lleva. Necesito por primera vez, agarrar las riendas de mi vida, sujetarlas con firmeza, detenerme unos segundo para pensar (cosa que las mujeres hacemos bien, aunque en ocasiones en exceso), y tener claro hacia donde deberán ir mis pasos.
     Se que en algún momento de mí, espero, larga vida, volveré a coger una pala y excavar, convirtiendo un pequeño agujero en un enorme pozo. Habrá gente que quiera echar tierra en ese pozo mientras esté en el, y otros que alargarán su mano para ayudarme a salir. Pero solo yo, única y exclusivamente yo, seré la que decida que debo hacer.
     Rendirse es tan fácil, tan tentador.
     Ya he decidido, y he decidido aprender a pelear, a no conformarme, dejarme ver, demostrar quien soy. He decidido volver a llorar, ya que esas lágrimas dejan salir el dolor pero al mismo tiempo pueden llenarme de felicidad, de descanso, de paz.
¿Cuando aprenderemos a ser quienes realmente somo y no quien otros quieren? Si realmente consigo la felicidad podré hacer feliz a los que me quieran... Y a los que no que les den.

miércoles, 27 de julio de 2011

Resurgiendo de mis cenizas

Capitulo 3


     Imaginad que estáis en vuestra habitación, estirados en vuestra acogedora cama, mientras sobre vosotros se dibuja un ínfimo punto negro, que poco a poco se va haciendo cada vez más grande, hasta el punto de convertirse en un enorme agujero negro que intenta absorveros. Os aferráis al colchón como si la vida os fuera en ello pero sentís que las fuerzas se os escapan de entre los dedos sin remisión, y decidís que lo mejor es no intentar evitar lo inevitable.
     Pues así era como me sentía cuando cumplí los dieciséis, y el agujero que veía era cada vez más grande, y lo que sucedía a mi alrededor lo ampliaba milímetro a milímetro,  gritándome "ríndete ya, tus esfuerzos serán inútiles. Los demás no te echarán de menos pues no le importas a nadie". Esas palabras martilleavan mi cabeza con más fuerza a cada día que pasaba.
     Muchos achacaban mi desánimo constante y malhumor a lo que vulgarmente es conocido como "edad del pavo", pero desde hace mucho dejé esa etapa atrás y en ocasiones, sin saber porque motivo, o no queriéndolo ver, vuelve a mi ese desasosiego, esa pena, ese dichoso agujero.
     En muchas ocasiones, con esas edad, creía que lo más fácil sería quitarme del medio, dejar de sufrir de aquella manera, de ser una total incomprendida dentro de una familia, y totalmente invisible en mi grupo de amistades. Cuando uno se vuelve adulto olvida como se sentía al ser adolescente y eso es algo que nadie, y menos los padres, debería hacer. La diferencia de edad que me separa de mis padres era tan grande que aún lo hacía más difícil, y el hecho de mis estrictos horarios y de no querer gastar demasiado dinero en mi, (cosa que no les hubiera supuesto ningún sacrificio) me lo hacía todo más difícil, más solitario.
     Volviendo al agujero negro que se había posado sobre mi persona, se me hacía cada vez más duro seguir adelante, sentía que no había nada que me hiciera seguir adelante, creía que no había nada que valiera la pena ni nadie que me echara de menos si yo ya no estaba. Más de una vez lo intenté pero no pude y me sentí como una cobarde. Los años han pasado y ese agujero se ha hecho más pequeño, y aunque aún lo tengo pisándome los talones, susurrándome que debería tirar la toalla, ahora, mejor que nunca, entiendo que en aquel momento en que mi universo estaba girando a demasiada velocidad, no fui una cobarde, pues cobarde es darse por vencida, cobarde es aceptar el veneno de las bocas de otros por pensar que son más fuertes que nosotros. Pues nuestra fuerza no debe provenir de fuera, de lo que nos envuelve, aunque no se puede negar que son una buena dosis de energía. No, la fuerza crece dentro de nosotros y si vamos alimentándola llegará el día que miremos ese agujero negro de frente, valientes, sin miedo alguno y a sabiendas que está ahí, no consiga mover un solo pelo de nuestra cabeza.
     Decidí no darme por vencida, aparté esos asquerosos nubarrones negros (puede que sea dura la palabra usada pero es la más adecuada), y dejar que se acerquen aquellos que de verdad me quieren. No hay mejor camino que el de la lucha personal en la que me hago más y más fuerte, y eliminar de la ecuación aquel lastre que pretenda hundirme.
     El pasado atrás quedó, el presente disfrutémoslo y el futuro escribámoslo, agujero incluido pues nos hará fuertes.

martes, 28 de junio de 2011

La noche de San Juan

     En el campo, rodeada por la naturaleza, las noches de verano se vuelven mágicas y la más mágica de todas es la de la víspera de San Juan, en la que todos deseamos pasarlo bien, dejando los problemas mundanos a un lado y quemando nuestros deseos, aquellos sueños que queremos se hagan realidad. Es una noche en la que el cielo se ilumina, no solo con el sin fin de estrellas que se posan sobre nuestras cabezas permitiendo que soñemos con acariciar esos pequeños puntitos que parece diamantes, si no que luces de increíbles y brillantes colores estallan, callendo cual  hermosa lluvia de estrellas y nos atrae a mirarla como el canto de las sirenas atrae a los marineros, haciendo que de nuestra garganta brote una exclamación de admiración por la belleza de los fuegos artificiales.
     No importa la edad que tengamos pues la magia de la noche más corta del año nos envuelve a todos por igual.